Prendí hogueras (con buenos Troncos) que no supe mantener.

Siempre he admirado las canciones sin estribillo. No abundan. En mi anterior entrada, y en alguna otra, con otros pretextos, también aparecían otras sin él, de las que no dejan indiferente. Una letra sin estribillo es difícil de tejer.

Tan lejos los recuerdos de días felices y extraños…
Con nostalgia y con nocturnidad, me he atrevido a recordar y publicar esta entrada, sin otro pretexto que el de hablar de una canción especial y de algunos de los recuerdos que me trae. El disco en el que aparecía, a finales de la década de los ochenta, fue un desengaño, una decepción. Después de Enemigos de lo Ajeno y Nuevas Mezclas, dos auténticos diamantes, se editaba Como la cabeza al sombrero, al que recibimos con expectación. La sensación que me produjo y el ambiente que me sugerían sus canciones eran de melancolía, de las que, si te pillan deprimido, te hunden más. Los temas me parecieron más flojos que otros anteriores y, el LP en general, no logró transmitirme, no hubo conexión.

Afortunadamente, por aquel entonces frecuentaba un antro de culto, pata negra, un meeting point maldito (mal visto), que rebosaba buena música y en el que forjé grandes amistades. El listón estaba muy alto y las alternativas a esta novedad discográfica eran, en calidad, iguales o superiores. De hecho, atravesaba por un momento de contínuos descubrimientos de grandes discos de la historia del Rock. Muchos de los que íbamos por allí a menudo, aportábamos LPs, vinilos todavía, para nuestro disfrute, el de nuestros contertulios y el de la mayoría de los clientes del pub. Con lo cual, en vez de deprimirme, lo que hice fue despreciar lo nuevo de El último de la fila y centrarme en otros registros. Mientras tanto, algunos de mis allegados/as sólo pensaban en Lito Manuel y Sara, a la vez que rezaban al Dios de la Lluvia.

Pasado un tiempo, el joven que regentaba aquel adorable tugurio, que era mi segunda casa (¿o era la primera?), como permanecía allí aún más horas que yo, había tenido tiempo de escuchar y reescuchar más detenidamente el disco que nos ocupa. Y así, un día (o mejor dicho, una noche) después de cerrar, cuando estábamos en confianza el puñado de siempre, me pidió que escuchara con atención este tema, que a él le parecía el mejor del disco. Y yo, descreído, que ya lo había sentenciado, me burlé.

Lo escuchamos varias veces… y tuve que darle la razón (como casi siempre). Su magnética letra, sus guitarras, sus arreglos, su ausencia de estribillo, … Desde esa fecha tengo claro que es una de mis canciones favoritas del grupo de Manolo García y Quimi Portet. Una de mis 3 ó 4 preferidas, que de El último de la fila tengo muchas.

El último de la fila
Ya no danzo al son de los tambores

Como barca en la mar
que encendida en brea
muge y zozobra,

me enciendo así yo
con tu recuerdo,
con tu mención.

Se me altera el pulso,
la sangre,
como a un niño ladrón;

y mi débil engranaje
golpetea azorado
en completa confusión.

Ves que a tu paso ardan candiles,
inflama el aire
la yesca que es tu sola presencia.

Si tan sólo al pensar
que él encontrará
morada entre tus pies,

tiemblo de ira y de celos,
que no se alterará
mi condición

al saberte al alcance de sus besos bandoleros,
prendí hogueras que no supe mantener.
Ya no danzo loco al son de los tambores,

porque al fin,
porque al fin te consiguió
él, que tiene un corazón
tan guerrero como cruel,
tan infiel.

Que se desencajen las baldosas a mi paso,
que se abran simas.
Que se desplomen las paredes
sobre mí, que en tu regazo supliqué.

Como barca en la mar
que ha roto el timón
y al pairo va;

como barca en la mar
yo ardo por ti
custodio que fuí.

Que no piense que aún tiene tu favor por dar tesoros,
que más tarde no podrá recuperar.
Porque el admitirlos son maneras tuyas

de confiar,
confundir y confiar
para golpear después
de confiar.

Confundir y confiar
para golpear después.
Confiar.

Y para demostraros que tengo muchas favoritas de El último de la fila, os dejo una carátula, la de una recopilación que confeccioné unos años más tarde, en el año 2001, para disfrutar de sus mejores canciones, y con el pretexto de estrenar una impresora de chorro de tinta, tecnología puntera (al menos para mí) de aquellos momentos.

Como este genial grupo no se encuentra disponible en Spotify, tiemblo de ira y de celos por no haber podido trasladar a una de mis listas esa recopilación. Así que, de vez en cuando, escucho aquel CD doble (de los poquitos que sigo usando) para impregnarme bien de su música y de aquellos recuerdos de días felices y extraños…

¡Ah! y el título de esta entrada es la frase que, hasta que no busqué ayer la letra en Internet para repasarla y transcribirla, no había conseguido saber lo que realmente decía. Yo vivía engañado pensando que era “premios de los que no supe mantener” 🙂 No le encontraba yo mucho sentido, pero las letras de estos señores, además de profundas, eran un pelín retorcidas, y con apelar a la licencia poética…

Para mi amigo Quilo,
el joven que entonces regentaba aquella madriguera de
humos y músicas llamada el ‘Troncos
y que hoy me sigue chivando buenas canciones 😉

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